miércoles, 23 de diciembre de 2009

De a gotitas

Se acerca mucho, bastante, no logra discernir si las letras son negras o tierras. Le engaña la visual y la pesadez. Entonces se aleja y observa. Ahí se da cuenta que eran negras y sigue de largo. Hay un ruido por la derecha que le hace perder el eje, se da vuelta cuatro veces hasta disiparlo de oído y deja de vacilar. El olor a lluvia empieza otra vez a subir, entonces ve relámpagos, siguen los truenos y a los pocos segundos el sano ruidito de las gotas contra el suelo. Gotas de cacao. Dan ganas de salir a despilfarrar suspiros por ahí, ya que no se puede por acá. Cae una a una. Controladas se deslizan por la cara, toman curso por los ojos, descienden por los pómulos. Ahí terminan resbalando del mentón al pecho y se pierden de vista. Es uno de los sonidos más dulces que conoce, cierra los ojos para no opacar. Más allá hay algo y cruzando la puerta otra cosa más. De a poco relaja el ceño, o es la sensación de flotar. Hablando de flotar sube de frente, invade el ambiente. Y se apresura con las manos cuando ya se instaló en la ropa sin precedentes. Comería chocolate para que se le derrita entre los dedos, gritaría de ser posible las cosas que intenta. Volvería diez veces para regresar una y rebotar otra vez. Así serían veinte y de veinte a treinta y de ser posible las veces que quisiera. Entonces se hace una sonrisa, toca con la yema de los dedos y se dibuja una sonrisa; piensa y recurre un par de veces otra vez. Sigue el dulce sonido, intenta otra vez. Vuelve un relámpago y un trueno, justo mientras lo inventaba y lo estaba escribiendo. El plic… plic… de las gotas contra el suelo. Así de pausadas, así de lento. Con tanto misterio…